Puedo decir que veo deportes desde que tengo uso de razón. Primero ciclismo y fútbol, luego fue el béisbol, pasando por la NBA y terminando en la NFL, olímpicos, panamericanos, y cuánto deporte transmitan por TV. Siempre en mi casa tomábamos partido por algún contenedor, el más débil cuando no era el equipo de uno.
A lo mejor he perdido más de lo que he ganado en tantos encuentros deportivos. Aprender a tragarse el sin sabor de la derrota no se aprende nunca, tal vez, cuando toca, maquillar la vida con una risa ante todos mientras se mastica la tristeza, el dolor, la amargura y la rabia que produce perder.
Todos hemos perdido alguna vez en nuestras vidas. Una nota, en el trabajo cuando no sale bien, cosas, tiempo, seres queridos, etc. Cada quien, en su corazón y mente, da rienda suelta a ver cómo trata esas derrotas; nadie responde de la misma manera ante el fracaso o ante la derrota.
Hoy, que la vida me pone otra vez en el bando de la derrota, la más dura de todas, pienso en repetir esas risas falsas, en seguir a los tragos tristes que prenden aún más las hogueras de la desesperanza, en repetir el mantra “Cohelo” que está desgastado de tanto uso: “Todo va a estar bien, todo va a pasar”. Esta vez paso.
Está bien alejarse, cubrirse con la soledad y perderse en uno mismo. Está bien pensar y decir: “No todo está bien, no todo va a pasar”. Curarse de perder requiere tiempo y nadie más que uno mismo sabe cuánto amor propio necesita y cómo conseguirlo. Eso sí, como en el fútbol que las penas futbolísticas las cura el siguiente partido, la vida pondrá cura a las heridas de la derrota. Ahí volveremos, cuando el corazón y nuestra alma puedan decir sin dudas que “Todo va estar bien, todo va a pasar".
Mauricio Gordillo
@maugor

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